viernes, 20 de marzo de 2009

Un día en París.





París. Jueves 19 de Marzo de 2009.
Amanece una mañana más y el sol empieza a iluminar la ciudad que despierta tras la noche, apagándose las farolas en sus bulevares del barrio de la Opera. Los ciudadanos se levantan a trabajar como un día cualquiera. Suenan las cafeteras que humean café recién hecho, mientras comienza el bullicio a cobrar vida. Las cafeterías con los primeros clientes que desayunan “café aux lait” y pattiserie al son de la lectura de “Le Figaro”. Y en los hoteles los turistas de negocios y de placer se preparan para vivir la ciudad.
Suena que hoy va a haber huelga en la ciudad y no se podrá transitar por ella ni hacer nada, pero las previsiones no son tales y se puede aprovechar el día. Los turistas ya hacen colas en los principales monumentos que están ya listos para recibirlos y enseñarles sus maravillas por las cuales han ido hasta allí para conocerlos. Mientras en el Charles de Gaulle el bullicio de aviones que aterrizan y despegan intercambiando personas a lo largo del mundo, mueve la vida del aeropuerto de una gran ciudad.
Así la Torre Eiffel , que vive de pie como “El Coloso” del “no-Goya” sobre la Villa de Paris, observando todo lo que pasa en ella, abre sus pilares para dejar subir por su cuerpo a la gente que quiere subir a su máxima altura para divisar la misma vista que ella ve desde hace tantos años habiendo visto transformarse y crecer a la ciudad.
Mientras debajo de ella, el Sena discurre y en ese punto parten los Bateuax que suben y bajan por el rio hasta traspasar la isla de San Luis rodeándola, navegando por sus aguas. Permitiendo ver desde otro punto de vista los edificios que en tierra están a su costado.
Un poquito más allá frente a frente se miran 2 museos que conviven en vecindad. A un lado el mundialmente famoso Louvre con su nueva exposición sobre Egipto, que curiosamente su entrada es una pirámide de cristal bajo la cual entras en las entrañas de su laberinto de galerías seccionadas en 3 alas. Siglos de arte del mundo que se conserva allí para los ojos de la gente pasada, presente y futura que pueden conocer desde Mesopotamia hasta la pintura del siglo XVIII, retazos de la historia.
Y enfrente suyo, la antigua estación de D’Orsay, habilitada como museo del Impresionismo, engloba los cuadros del siglo XIX de dicho movimiento que todos conocemos y se reúnen en un solo espacio. Aunque hoy sean los únicos que hacen huelga y no permitan verlos.
Pero en otra colina de París está el barrio bohemio de Montmartre, tradicional barrio de artistas, pintores y músicos que desatan su arte entre sus calles. Con restaurantes tradicionales y con encanto que alimentan los 5 sentidos. En el restaurante de la esquina se iluminan las mesitas en el segundo piso mientras en el primero un músico toca el piano para adornar las cenas con su melodía y un buen vino. También es el barrio de Amelie, donde vivía y trabajaba en la ficción de su historia de gnomos viajeros. Allí domina en silencio el barrio en las alturas, la blanca basílica del Sacre Coeur con sus 3 cúpulas desde la cual se vislumbra otra perspectiva diferente de la ciudad. Su imagen desde abajo en el anochecer corta el cielo dando un toque de color blanco con su silueta hasta que el color negro forma un marco a su alrededor. A su izquierda funciona el funicular que te eleva hasta arriba en un corto viaje pero tradicional salvo para quienes prefieren subir y bajar por sus escaleras, típicas de ese barrio. A cuyos pies vive la luz rojiza del Moulin Rouge con sus aspas girando. Donde antiguamente iban a resarcir la vista en las bailarinas del Can Can, bajo los efectos de la Absenta. Fruto de inspiración para una película que transcurre en 1900, donde se da el amor fatal de un joven escritor con una bailarina del Moulin. Todo en el barrio de Pigale donde el Sexódromo da una idea de lo que más abunda allí.
Y así ya el cielo se pintó negro bajo las estrellas parisinas y la luna que habla en francés. Los monumentos más conocidos visten su traje de noche naranja. Llamándose así la Ciudad de la Luz. El sol se fue a iluminar con su luz al otro lado del mundo y así aquí la intimidad de la noche permite a los vividores nocturnos salir a las calles. Los viajeros han vuelto a sus hoteles a descansar y relajarse con una ducha antes de dormir, y los ciudadanos a sus casas tras sus quehaceres diarios. Amantes en la noche que bajo la magia del amor que se respira dejan que el romanticismo fluya. Ya las tiendas pusieron el cartel de Fermé por hoy y la vida pone el cartel de No Molesten. El silencio se hace mayor a medida que se duerme la ciudad y la vida se relaja hasta el día siguiente que será un nuevo día, donde todo se repetirá pero siempre será con historias nuevas de otras personas que transiten por allí.
Y en todo este relato, tú has estado allí protagonizándolo desde que te levantaste en el Grand Hotel Haussmann hasta que te fuiste a dormir soñando con Brujas ;-)

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