miércoles, 24 de septiembre de 2008

Costa del Azahar - Salida 44.


Provoca una gran sensación de paz estar frente a él en la tarde cuando el sol empieza a despedirse por detrás. Pueden pasar minutos con la mirada perdida viendo cómo llegan a la orilla las olas una tras otra oliendo la brisa del mar. Y cambiando el color del agua en sus diferentes tonalidades siempre en movimiento. Su gran inmensidad abruma desde donde estoy hasta sus límites en la otra Europa.

No es la primera vez que veo el mar este año, ya que en Febrero pasé al verano austral y me crucé el Atlántico hasta el sur y allí estuve en el Mar de la Plata y el Atlántico Sur. Y luego en Julio vi el Cantábrico desde el avión camino de París. Pero ninguno es como ese trozo de Mediterráneo en el término de Alcosseber, el trozo de mar que más cariño tengo y al que más afín me siento.

Muchas veces en Madrid yendo por sitios múltiples olores me transportan aquí. Y me hacen sentirlo más cercano, como cuando me llegan los aromas a eucalipto como los del paseo, a las azaleas que desde pequeño me acompañaban en esta zona, o los pinos similares a los que me despiertan cada mañana…

15 días llenos de relajación en mi lugar preferido. Con mil actividades y comidas ricas que hacían pasar unos días estupendos allá. Que gusto me dio llegar el primer día, se me hacía extraño verme por esas arenas y en el agua del mar tan limpia. Aún añorando mucho cada día a mi pequeña, eso sí que me costaba, y aún estando allí genial deseaba estar aquí con ella.

Y en sus proximidades, un día subir a Tarragona como cada año al Delta del Ebro para juntos compartir una rica paella..mmm…:P Y navegando por las aguas del Ebro en sus finales hasta el Mediterráneo, en un día gris y ventoso que hacía una navegación algo movida recién comido recordándome a la del Canal Beagle en Ushuaia que era igual y me puso verde, jeje.

En otra visita nocturna a la vecindad de Oropesa por el sur, un núcleo que difiere mucho de mis gustos y Marina D’Horror :P Aunque el gofre y la horchata sí que merecieron la pena, jeje. Y hacia el norte a Peñíscola, un lugar que me dejó mucho mejor recuerdo que la anterior vez. Con su castillo imponente sobre el mar en lo alto, de épocas templarias cuya historia me gustó recordar de aquellas tierras y sus batallas de por aquel entonces en las estribaciones de la Sierra de Irta. Y que acabaron dieron forma a los múltiples castillos y fortalezas que aún hoy se mantienen en pie en aquellas cimas. Y a sus pies tras la muralla, un bonito laberinto de calles blancas que recuerdan a aquellas ciudades de las islas griegas, muy Mediterráneo y acogedor para tapear y perderse entre ellas.

Y hablando de la Sierra de Irta y sus castillos, no podía faltar la excursión a coche y a pie por sus lomas hacia los castillos y la Torre Ebri, para llegar a la cima donde la Ermita de Santa Lucía domina el panorama y se disfruta de una bella vista de la sierra, del ancho mar y las islas Columbretes en el horizonte, Oropesa al fondo, y el pueblo de Alcosseber a sus pies. Un paseo que me encanta hacer cada año en ese profundo silencio que te invade en cuanto te adentras en él. Y cuyos atardeceres son de lo más bonito, dibujando un paisaje brumoso de montañas azuladas que le dan un aspecto muy oriental y japonés.
Hace una semana que me fui y ya estoy deseando volver…

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